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EL NIÑO QUE PUDO SER REY: cuando todo está mal, necesitas un rey Arturo.

En un momento tan tenso como el que está viviendo Inglaterra con el Brexit no es de extrañar que dicho país esté echando mano de los cuentos clásicos para, a través de una película inocente, algo nostálgica y para todos los públicos, resaltar esos valores tan patrióticos que a veces, en medio de la confusión, el escepticismo y el miedo al futuro, puede que a más de un británico se le pueda olvidar que lleva dentro. ¿Y qué mejor figura que el rey Arturo de Camelot para encarnar dichos valores, y qué mejor entorno de que los Caballeros de la Mesa Redonda para realzar las virtudes a la que todo hombre y mujer debería aspirar?

Llamarme enrevesada, pero mientras en España disfrutamos riéndonos de nosotros mismos y quizás quitando hierro al asunto a través de nuestras películas, en Gran Bretaña prefieren resaltar los valores clásicos a ver si relajan el ambiente. Y así es como surge El niño que pudo ser rey (The kid who would be King, 2019) una película basada en un cuento infantil del mismo nombre que pertenece a una trilogía escrita por Ron Smorynski.

En ambas, porque se trata de una buena adaptación, eso hay que reconocerlo, el protagonista, Alex en la película (Louis Ashbourne Serkis), Alfred en el libro, un niño de 12 años con bastantes problemas de adaptación social, encuentra en un solar una espada clavada en una roca. Al día siguiente, un adolescente (Angus Imrie en su modo joven, Patrick Stewart en su modo anciano) atraviesa las piedras de Stonehenge y se presenta en la escuela ante Alex como el mago Merlín, le identifica como el nuevo rey por haber sacado a Excalibur de la roca y le conmina a luchar contra la bruja Morgana (Rebecca Ferguson), que en el próximo eclipse solar emergerá al mundo actual con su ejército de caballeros demonios. Alex nombra caballero a su amigo Bedders (Dean Chaumoo) y aliados, Lance (Tom Taylor) y Kaye (Rhianna Doris) para encontrar la entrada al Inframundo y derrotar a la hechicera, siguiendo los pasos de un libro de cuentos, regalo de su padre, cuyos hechos son paralelos a lo que él está viviendo.

Lo cierto es que este tipo de aventuras sencillas, atemporales y con un regusto evidente ochentero (podremos ver muchas referencias a la cultura pop tanto visuales como sonoras) son muy del gusto de los británicos, destacando su sentido del humor que, aunque  pulido para encajar en las mentes de los infantes, sigue estando ahí.

Historias de siempre, Valores universales

No obstante, ni la historia, que está bien pero no es como para tirar cohetes, ni las actuaciones, que son simpáticas, pero sólo decentes, ni los efectos especiales, que dan realismo a una historia que mezcla fantasía con un mundo actual, son la parte importante de El niño que pudo ser rey, sino la moraleja que encierra la historia y que nos da pautas para ser mejor en el día a día: los niños serán los futuros líderes y hay que enseñarles buenos valores.

Por supuesto, esta moraleja, mezclada y resumida en la clásica lucha entre el Bien y el Mal, y adornada con los valores caballerescos que los niños intentan adquirir durante su aventura (honor, lealtad, respeto, sacrificio, Verdad…) tiene una segunda lectura que dentro de unos años perderemos (cuando le hayamos dado un espacio al Brexit) pero que ahora, por el marco histórico en el que estamos cobra su importancia, tiene mucho más valor y posiblemente haga que volvamos a ella cada vez que sintamos flaquear las fuerzas o dudar de nuestra valía (por lo menos los británicos, claro).

Pero temas políticos aparte, el director Joe Cornish ha conseguido mostrarnos un mundo fantástico y divertido para los niños y algo nostálgico para los adultos a golpe de replantear una leyenda que todos conocemos como es la del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda y traer su historia de lucha contra el Mal, (que en el fondo es lo más atemporal que podríamos tratar), al mundo actual, sumido en las guerras, la violencia y la desesperanza (y el bullying, no nos olvidemos del bullying).

A ello ayuda la combinación de estrategia y pelea medieval con la tecnología moderna, con unos resultados frescos y coreografías de batalla divertidas y originales, donde se nota la mano en la fotografía de Bill Pope (Baby Driver).

Si sois de los que disfrutasteis con películas como E.T. o Los Goonies esta película derrocha la misma simpatía y ternura. Puede que no os encariñéis con los personajes porque su falta de carisma está ahí, pero hay en su torpeza algo que os encandilará.  Puede que sólo os entretenga, puede que os impregnéis de las máximas virtuosas con las que de verdad intenta que salgamos del cine (como si fuera El caballero de la armadura oxidada, como poco), pero de vez en cuando sienta bien encontrar una película bien hecha, inocente y que te deje con un buen sabor de boca.

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About Susana "Damarela" Rossignoli

Susana Damarela es fundadora de Generación Friki. Gran apasionada de la lectura y el cine, puede leer un libro cada día de la semana sin despeinarse. También le encanta el deporte, el rock, las juergas y el kalimotxo. Sus juegos favoritos son el Tetris y el Starcraft II

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