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THE WITCHER (T2): aquellos destinados a ser una familia.

Han pasado dos años desde el estreno de la primera temporada de The Witcher. Dos años en los que hemos podido comentar todo aquello que nos gustaba y perdonar los pecadillos que cometió mientras reconocíamos que nos meteríamos en vena más de Geralt The Rivia tuviera o no piruetas narrativas o molaran o no los dragones. Con la distancia, que a veces es como mejor se ven las cosas, hemos podido apreciar todo lo bueno que nos ofrecía The Witcher T1 y desear que esta segunda temporada que ahora analizamos sea, como mínimo, tan buena como la primera.

La primera temporada terminó con el encuentro entre Cirilla (Freya Allan), heredera del reino de Cintra y el mutante Geralt (Henry Cavill), un brujo cazador de monstruos. Ahora, él intenta protegerla tanto de aquellos que desean usar su poder en su propio beneficio como de ella misma, dado que es dueña de unos dones que todavía no controla; para ello, Geralt la lleva a su hogar de la infancia, Kaer Morhen, donde se reencontrará con su mentor, el brujo Vesemir (Kim Bodnia), y otros compañeros. Juntos intentan sobrevivir en un mundo asolado por el Mal donde nuevamente los humanos son peores que las bestias. El reino de Nifgaard, los elfos, los enanos, una quest a lo Bella y la Bestia, monstruos varios y unos Jaskier y Yennefer (Joey Batey y Anya Chalotra) que nos sorprenderán gratamente por su evolución, serán los protagonistas de 8 capítulos donde no sólo la trama avanza, sino que las relaciones entre los personajes se hacen más íntimas, cobrando sentido aquello que ya intuíamos en la anterior temporada: esta es la historia de una familia.

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A veces, para proteger a alguien, debes dejar que se proteja él mismo.

Ciri, Geralt y Yennefer son personas que tienen algo en común: las tres perdieron a sus familias. Eso hace que, de alguna manera, se entiendan los unos a los otros. Los tres son especiales, un brujo, una hechicera, una niña con poderes… y unidos por lo que en la saga de libros de Andrzej Sapkowski se llama El Derecho de la Sorpresa, algo que puedes reclamar cuando salvas la vida de otra persona: poseer aquello que el otro aún no conoce que tiene. El Destino se concibe pues como la fuerza más poderosa de este universo, y hace que los impulsos que los unen a ser una familia (no olvidemos que Yennefer desea ser madre por encima de todo) muevan sus acciones.

Esto puede parecer chocante a todos los que contemplan The Witcher y sólo ven personajes fuertes, poderosos hechiceros, mujeres supervivientes, pero el hecho de que uno sepa cuidar de sí mismo, como es el caso de todos nuestros protagonistas, no quiere decir que deba hacerlo; es más, a lo largo de esta segunda temporada aprendemos que no es necesario que luchen solos, pueden hacerlo juntos y esta es la esencia de una familia.

Por ello, The Witcher siempre ha sido una historia de relaciones y emociones muy humanas. Todo el mundo puede identificarse con las cosas que les pasan a los tres protagonistas. Ni siquiera la presencia constante de la magia puede hacer que desviemos nuestra atención de esas emociones tan realistas con las que no es difícil empatizar. Y aquello con lo que no podemos, tenemos por ahí los conceptos de Destino y Derecho de la Sorpresa para justificarlo. De alguna forma, la lección que nos dieron con la T1 y que ahora continua en esta T2 es que aquellos que están unidos por el Destino siempre acaban encontrándose.

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¿Dónde está el hogar? Donde se encuentran los tuyos.

La serie juega con esa idea constantemente. La magia y la acción son los que provocan que Ciri, Geralt y Yennefer (y otros personajes, por supuesto) se vean expuestos a separarse continuamente, mientras que el Destino (que no es otra cosa que las consecuencias de nuestras decisiones) les lleva irremediablemente a juntarse. En la primera temporada creo sinceramente que los guionistas pensaron que los espectadores eran más listos de lo que en realidad son, o quizás simplemente menos vagos; de otra forma no habrían querido una serie masticadita en la que no tuvieran que pensar. Honestamente, no se requiere mucho esfuerzo, pero la primera temporada te pide uno y mucha gente lo criticó. Esta segunda temporada, por razones obvias, ya no te pide ese esfuerzo, pero sin duda te pedirá que ahondes en los intereses y personalidades de cada protagonista porque es lo que te llevará a entender que, en el fondo, The Witcher es un drama familiar con monstruos de todo tipo.

Estas tres palabras (drama, familia, monstruos) convierte a The Witcher T2 en una amalgama de temas sobre los que reflexionar. La política sigue ahí: esa gente que no debería acceder nunca al poder, la dicotomía entre deber y justicia, entre honor y placer… y muchos otros temas derivados del mal uso del poder: diferencias entre ricos y pobres, migraciones forzadas, explotación de las culturas indígenas, guerras… y cómo influyen todo esto en el ciudadano medio que se pasea por el Continente (lugar donde se desarrollan los libros) provocando sexismo, racismo, violencia, abandono y un sinfín de lacras sociales que están tan vigentes tanto en el mundo real como en la serie. El espectador, por su parte, entiende también la importancia de la familia en un universo así, viendo cómo esta puede encontrarse en cualquier parte, no necesariamente en que la sangre hace la unión, y puede disfrutar viendo cómo el amor cambia hasta a las personas que menos lo esperamos.

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Jaskier nos sorprende en esta temporada con menos humor y más compromiso.

¿Qué nos aporta esta segunda temporada?

Los fans de las novelas y los videojuegos inevitablemente siempre estarán en desacuerdo con algunas decisiones que se toman en la serie (espero que no a nivel técnico, que es visualmente fascinante), pero, siendo justos, la esencia sigue estando y, en muchos sentidos, la T2 supera a la T1: un mundo de fantasía y magia, con sus guerras y sus monstruos, lo cual lo hace tenebroso, lleno de aventuras y peligros, con la presencia de brujos mata monstruos, mucha acción que muestra los diferentes usos de la magia, una esencia del Bien y el Mal muy diluida y, en medio de este crisol de experiencias trepidantes, en medio de la destrucción, algo de humor, muy necesario para permitir reconocer como realista el mundo en el que se mueven los personajes (nadie está siempre enojado, malhumorado o serio).

En realidad, The Witcher es como la vida misma, hay mucha muerte y destrucción y el hecho de que los personajes mantengan ese humor ácido, descarnado, en ocasiones negro, permite congraciarnos con sus actos, nos gusten o no. Para sobrevivir en este mundo hay que tener sentido del humor y Geralt the Rivia, que con su apariencia de sexy cuarentón a veces se nos olvida que cuenta con más de 70 años a sus espaldas, ha llegado a ese punto de la vida en el que es divertido, cínico, experimentado, un poco perro viejo, pero más entrañable cuanto más sabio es. El perfecto padre para Ciri, que no es más que una adolescente descubriendo su cuerpo, su cabeza y su entorno, ¿quién podría decir que esta es no es la historia de una familia?

The Witcher

8.3

NOTA GLOBAL

8.3/10

Destaca en:

  • Siguen explorando con acierto cómo la magia surge para controlar el caos.
  • Los personajes y sus motivaciones van siendo más profundos, realistas y atractivos.
  • Los temas que trata la T2, siempre vigentes.
  • Buena factura técnica.
  • Tramas entretenidas.

Podría mejorar:

  • Entiendo que las relaciones se construyen poco a poco y que The Witcher tenía historias cortas interesantes, pero si en la T1 no me interesó la del dragón, en esta no me interesó la de La Bella y la Bestia.

About Susana "Damarela" Rossignoli

Susana Damarela es fundadora de Generación Friki. Gran apasionada de la lectura y el cine, puede leer un libro cada día de la semana sin despeinarse. También le encanta el deporte, el rock, las juergas y el kalimotxo. Sus juegos favoritos son el Tetris y el Starcraft II

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